Esta es la alegre y triste historia del joven Samuel. Un niño que era feliz y jugaba muy bien al fútbol. Un día, un empresario vio las condiciones que Samuel tenía y les ofreció un contrato a sus padres para que el chico realizara malabares con una pelota en un circo importante de la ciudad. Sus padres aceptaron y Samuel comenzó a trabajar junto con su pelota en aquel majestuoso circo. Su sketch era muy aplaudido por el público porque las pruebas que realizaba eran verdaderamente asombrosas. Samuel pasó tres años trabajando como malabarista futbolístico e hizo muchos amigos allí, como por ejemplo dos payasos (José y Miguel), un equilibrista (Nida) tres leones (Óscar, Lépe y Kai), dos Focas (Lange y Have) y un caballo (Crima). Con todos logró conformar una amistad muy valiosa, menos con el dueño del circo (Sr. Julio), que no permitía estrechar relaciones por pura desconfianza.
Cuento (parábola) atrasado para el día del niño
martes, 17 de agosto de 2010
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El eterno Danola
miércoles, 11 de agosto de 2010
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Visita inesperada
viernes, 30 de julio de 2010
Un noche llegó la muerte
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Los días infelices
lunes, 26 de julio de 2010
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Mi hijo, el futbolista
martes, 20 de julio de 2010
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Pobre Miguelito
lunes, 12 de julio de 2010
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Después del tercero
martes, 6 de julio de 2010
Bien metida, toda... el cuello también, hasta los omóplatos. Y si te dejaban, hasta la cintura. Pero no pudiste. La apoyaste sobre la espalda de uno de tus muchachos que en ese momento ni recordabas quién era y dio la casualidad que era de la familia. Intentaste meter la cabeza en su espalda, pero no sobre ella, sino adentro, bien profunda y no lo lograste. Hubieses agradecido que su cuerpo fuera de barro húmedo para que permitiera la entrada de tu cabeza. Allí la hubieras alojado, por completo. Hubieses querido vivir el resto de tu vida con la cabeza incrustada en un cuerpo ajeno y nada más te hubiera importado. Pero no pudiste. Tal vez, podrías haber hecho como hacen las avestruces: un hueco en el medio de la tierra, para allí enterrarla y que nadie te viera, pero en ese momento no sé si lo llegaste a imaginar. Simplemente atinaste a meterla en lo que más cerca tenías entre tus manos: la espalda que portaba el número 16. Allí intentaste, entre el uno y el seis. O mejor dicho, quisiste pasarla por el redondel del 6, para después de haberla metido, tirar de la parte superior del número para cerrar el agujero y dejarla allí, así, para no escuchar un sólo grito. Todo podría haber sucedido, pero nada de esto pudiste hacer. Ya los sueños se habían terminado. La historia te porfiaba y el tiempo te demostraba que puede ser circular, pero por períodos más extensos. Y para peor, después vino otro y fueron en total cuatro. Y vos la querías tener adentro de la espalda de Sergio o de algún otro. En la tierra como los avestruces. Y no pudiste Diego. No pudiste.
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Encuentre las siete diferencias
lunes, 28 de junio de 2010
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El último mundial
sábado, 19 de junio de 2010
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1-1
domingo, 13 de junio de 2010
Me rasca la espalda y no me mira. Está embobado con el televisor mirando ese partido de porquería. De a ratos suelta el control remoto, se mete la mano adentro del calzoncillo y se rasca con placer. Después saca la mano y se huele los dedos de uno y otro lado. Sin mirarme me agarra la cabeza y se la apoya contra el pecho. Así me quedo hasta que no se da cuenta y me zafo para terminar de quedar en contacto sólo con mi pierna derecha. Cuando me acuerdo, agarro del platito que está sobre la mesa de luz, algún que otro pedazo de milanesa. Está seca y cada tanto me empino la botella de agua fresquita. Como me da frío, me meto más adentro de la frazada hasta quedarme casi sin aire. Gritan gol desde la tele y no se inmuta. Al rato putea y no se entiende qué dice. Me pide milanesa y le doy en la boca. Se llena de migas de pan. Me llena de migas de pan. La cama llena de migas de pan. Pinchan como si fueran chinches. Las corro con las piernas y con las manos hasta donde está él y ni se entera. Mira la tele y se mete la mano adentro de los calzones. Voy sola hasta el pecho ahora y me aprieta fuerte. Cuando se olvida me suelto y lo miro. Me pide agua. Tomo primero yo y después le doy. Se enoja porque el vaso está casi vacío. La botella no tiene más y hay que ir hasta la cocina. Me da fiaca. Me meto entera debajo de las frazadas y me corre con las piernas. Con los pelos que tiene me pincha en las mejillas y sin querer me golpea con una de sus rodillas. Me pide agua. No salgo, aguanto con el poco aire que me queda. Lo escucho desde adentro comer más milanesas. Lo oigo masticar. Va a tener más sed y no hay agua y no quiero salir de acá. No me queda aire y saco la cabeza despacio. No lo miro. Como milanesa. Tampoco hay más pan. Ahora tengo sed, pero puedo aguantar más que él. Grita gol y putea al aire. Sin terminar de putear, engancha la puteada con el pedido de agua y después vuelve a putear al aire. Le digo que ahora voy, pero sé que no voy a moverme más. Pide milanesa, pide pan, pide agua, milanesa, pan, agua, pan. Meto la cara contra el colchón y aguanto la respiración. Casi no se escucha la tele. Me tapo los oídos con los dedos. Ya no escucho nada y me retumban los oídos del silencio. Debe estar pidiendo agua, pan y milanesas. Debe estar gritando gol. Debe estar puteando. Así me quedo. Hasta aguantar lo que más puedo.
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Diálogos III: Picar picar
miércoles, 9 de junio de 2010
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Pecados Futboriles: Pigritĭa
lunes, 7 de junio de 2010
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El bidet, Maradona y a portarse bien
miércoles, 2 de junio de 2010

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Da Pena
jueves, 27 de mayo de 2010
Da pena verlo llegar. El cuerpo molido y desganado, la cabeza sostenida por un hilo de cuello y los pasos que sus piernas apenas creen. Nadie lo abraza, ni le explica que es la primera vez pero no la última que le sucede situación tan dolorosa. Nadie tampoco sabe, ni imagina, qué palabras lo pueden sacar de aquel pozo que parece de arena.
No sabe qué lo puede ayudar porque nunca le ha sucedido cosa igual y porque una única vida es lo que está condenado a vivir. Puede responder como lo hace un simple vidrio: romperse o resistir, pero tampoco lo piensa. Sólo lo inunda un deseo que lo carcome por dentro: la culpa. Se siente responsable, como si no hubiera podido responder a Caronte, y camina por su pieza como si estuviera condenado a cien años de lamentos. ¿Cuál es el motivo de tanto dolor en el alma? ¿Qué existe tan grave para que esté como ahora? ¿Qué hay tan irreversible para un arquero en un partido de fútbol? ¿Tanto mal puede hacerle un gol en contra? ¿Tanto sufrimiento puede producirle un error que posibilite un gol de los contrarios? Simplemente la causa es su corta edad. A los siete años no son muchos los errores groseros que se pueden cometer, pero esos escasos te marcan para siempre. Éste error es uno de ellos. Lo vive como si la pelota fuera Desdémona y él el moro de Venecia. Su mundo hoy es sólo este dolor y nada más. Es ese balón que se le coló entre sus manos y que traspasó de manera lenta esa línea de cal. ¿Quién hay que pueda decirle que le va a volver suceder? Si lo supiera, dejaría todo en este mismo momento. No hay nadie que se atreva. Sólo el eterno retorno de una situación que volverá a demostrarle que se puede repetir.
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Pecados Futboriles: Luxurĭa
viernes, 21 de mayo de 2010
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El viaje
lunes, 17 de mayo de 2010
Entro al colectivo y mientras coloco las monedas en la máquina, observo que en el fondo hay un asiento de los individuales libre. Tomo el boleto y avanzo con ciertas dificultades porque el chofer frena de golpe y comienza a acelerar repentinamente. Logro sentarme. La espalda me duele demasiado y los pies se me han hinchado de tal manera, que las tiras de las sandalias comienzan a esconderse entre medio de la carne. Intento abrir la ventanilla pero no logro hacerlo; no poseo la fuerza suficiente. No me importa, ya que aunque con calor, estoy cómodamente sentada.
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Dos libros
martes, 11 de mayo de 2010
No quiero recomendar dos libros por no haberlos leído. Distinto es decir que no los recomiendo. Pero los puedo mencionar para saber de su existencia, que es lo más importante.
Son dos trabajos sobre fútbol, que en estos días se presentaron en el contexto de La feria del libro. Uno es "Ganar es de perdedores" de Ariel Magnus y el otro "La patria transpirada. Argentina en los mundiales" (nueva edición) de Juan Sasturain.
El libro de Magnus es de relatos y si bien ha rozado el fútbol en sus anteriores trabajos, es la primera vez que dedica de manera completa un libro al mundo de la pelota. El de Saturain analiza con su particular mirada todos los mundiales de fútbol y en esta oportunidad, amplía su edición anterior publicada en 2006 hasta las vísperas de Sudáfrica 2010. Como para que no queden dudas de la importancia que tienen en la vida de Juan dichos eventos, señala: "los ciclos en la vida de los hombres –incluyendo el recuento de hijos, esposas, ex esposas, estados físicos, anímicos o financieros– se cuentan en períodos cuatrianuales, precisamente delimitados por cada Mundial.
De Magnus no he leído nada, pero lo voy a hacer. De Sasturain, puedo decir que tuve la suerte de leer uno de los mejores cuentos que existen sobre fútbol llamado "Campitos".
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domingo, 9 de mayo de 2010
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Pecados Futboriles: Delatĭo
sábado, 8 de mayo de 2010
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Diálogos II: P y H
miércoles, 5 de mayo de 2010
P: ¿Por qué llorás hora?
H: Por nada
P: No se puede llorar por nada
H: Sí que se puede: ¡mirá! (llora más fuerte)
P: Decile a tu padre que te pasa, por favor
H: Me da vergüenza
P: Pero si no me lo decís a mí, a quién sino...
H: A mamá
P: No está, vuelve a la noche
H: ¿Si la espero?
P: ¿Llorando?
H: No, paro y arranco un rato antes que llegue
P: Contámelo a mí, que yo te escucho
H: Está bien... (Vacila)
P: Dale, soy todo oídos.
H: Bueno... (Más decidido) pasó hoy en el cole
P: Limpiáte las lágrimas primero
H: (limpiándose con la manga) fue en el recreo
P: ¿Qué pasó?
H: Me gritaron gordo puto
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